Hay ciudades que, en su sentimiento como comunidad, crecen. Otras, simplemente obedecen.
El caso de Fulda, en Alemania, es interesante porque, llegado el momento, decidió hacer lo primero: recuperar el control político sobre su territorio.

Tras la Guerra Fría, Fulda afrontó la retirada de infraestructuras militares ligadas a la presencia estadounidense. El debate no fue menor: no se trataba solo de cerrar bases, sino de decidir qué lógica debía gobernar ese suelo a partir de entonces.

La ciudad optó por una vía poco espectacular pero profundamente política:

  • devolución del suelo al control municipal,
  • evaluación de pasivos ambientales,
  • y planificación de usos civiles (vivienda, servicios, equipamientos).

No fue una operación neutra. Fue una toma de posición urbana: el territorio dejaba de servir a una lógica estratégica externa y volvía a formar parte de la ciudad.
Este tipo de procesos está bien documentado por el Bonn International Center for Conflict Studies (BICC) en sus estudios sobre reconversión de bases militares en Alemania

Cuando el problema no es el suelo, sino el relato

Fulda no es solo un ejemplo urbanístico. Es también un símbolo cultural por el llamado Fulda Gap, uno de los principales escenarios estratégicos de la OTAN durante la Guerra Fría.

Allí se asumía algo inquietante: que una guerra futura se libraría sobre territorio civil alemán.
Esa idea no se impuso solo con ejércitos, sino con lenguaje, mapas y planes “técnicos”.

Frente a ello, en los años 80 surgió una contestación ciudadana potente: cadenas humanas, protestas masivas y acciones simbólicas que buscaban romper la normalización de la militarización del espacio cotidiano. No era solo pacifismo abstracto; era una disputa directa sobre qué podía considerarse aceptable en una ciudad habitada.

Marcha de mujeres en las afueras de Fulda, en 1984 con la pancarta: «¡Alto a la guerra fría!»»No queremos que nos traten como materia humana desechable en sus partidas de ajedrez»»No a las maniobras de guerra», en el marco de acciones otoñales a nivel nacional del movimiento por la paz en la Brecha de Fulda, de la Red por la Paz contra las maniobras de guerra.

Un ejemplo de estas movilizaciones puede consultarse aquí:
https://www.upi.com/Archives/1984/09/29/Anti-war-protesters-encircle-NATO-bases-in-Germany/6114465278400/

La lección de Fulda: el suelo se defiende dos veces

Fulda deja una enseñanza incómoda pero clara: no hay desmilitarización territorial sin desmilitarización social.

Cerrar infraestructuras sin cuestionar el relato que las justificaba deja la puerta abierta a que el suelo vuelva a ponerse al servicio de otros intereses externos, igual de opacos.

Y disputar el relato sin transformar los usos reales del territorio conduce al desgaste.

El cambio ocurre cuando:

  • cambia el uso del suelo, y
  • cambia también la forma de pensar ese suelo.

Zaragoza: cuando la militarización no lleva uniforme

Mirar Fulda desde Zaragoza no es hacer un paralelismo forzado. Es detectar un patrón.

En Zaragoza, muchos conflictos urbanos no se presentan como políticos, sino como:

  • “proyectos estratégicos”,
  • “oportunidades inevitables”,
  • “decisiones técnicas”.

Ese lenguaje cumple la misma función que la lógica militar clásica: sacar el territorio del debate democrático.
Aquí es donde iniciativas como ZARAGOZA NO SE VENDE cumplen un papel central: devolver el conflicto a la esfera pública y recordar que la ciudad no es un tablero, sino un espacio vivido.
https://zaragozanosevende.org/

La pregunta sigue siendo la misma: ¿al servicio de quién está el suelo urbano?

Desmilitarizar hoy: una tarea ciudadana

Hoy la militarización no siempre se expresa con cuarteles.

A veces se expresa con informes, calendarios cerrados y decisiones tomadas lejos de la ciudadanía

Fulda recuerda algo esencial: una ciudad empieza a decidir cuando deja de aceptar como inevitables las lógicas que otros le imponen.

Y eso es, en el fondo, desmilitarizar la ciudad.


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