La cumbre del G8 de Génova en julio de 2001 transformó la ciudad italiana en el epicentro de la disidencia global y, simultáneamente, en el escenario de la mayor violación de derechos humanos en Europa occidental desde la Segunda Guerra Mundial. Un cuarto de siglo después, las heridas de aquella contracumbre siguen abiertas. Mientras el mundo recuerda los veinticinco años de las movilizaciones que desafiaron el orden neoliberal, la memoria colectiva regresa inevitablemente a los pasillos oscuros del cuartel de Bolzaneto.

Entre los centenares de manifestantes que sufrieron el engranaje de violencia institucional en Génova se encontraban activistas de nuestro colectivo antimilitarista Mambrú, quienes viajaron como parte del Movimiento de Resistencia global de Zaragoza para defender la desmilitarización mundial y terminaron confinados en un limbo de abusos y desprotección legal. Todos ellos pasaron por Bolzaneto, un cuartel policial clandestino ubicado en las afueras de Génova que, durante la cumbre del G8, se convirtió en un centro penitenciario provisional y de tránsito. Durante esos días, el lugar funcionó al margen de las garantías constitucionales, albergó a centenares de personas, manifestantes, activistas, periodistas…
El propósito final era claro: inocular el miedo para desmovilizar y frenar a un movimiento global que no paraba de crecer.
Bolzaneto fue un laboratorio de tortura sistemática. Este centro de detención temporal no solo funcionó como una prisión improvisada, sino como un espacio de impunidad y deshumanización donde el Estado italiano aplicó de forma sistemática técnicas de tortura física y psicológica para quebrar la disidencia. El cuartel no operó de forma caótica, sino bajo un patrón organizado de maltrato físico y psicológico destinado a humillar a las personas detenidas. El propósito final era claro: inocular el miedo para desmovilizar y frenar a un movimiento global que no paraba de crecer.

Los y las activistas permanecieron incomunicados, sin acceso a abogados ni a asistencia médica independiente. En las celdas, sufrieron privación de agua y alimentos, viéndose obligados a dormir hacinados en el suelo sobre sus propios restos de sangre y de excrementos, estos últimos resultado directo del shock fisiológico y el pánico físico provocados por la brutalidad de las palizas. Todo ello a pesar del grave estado de salud de la mayoría, que presentaba múltiples lesiones causadas por las cargas policiales durante las detenciones.
Incluso hubo personal médico que cooperó activamente con las fuerzas policiales para golpear, humillar y denegar auxilio en lugar de curar, como Giacomo Toccafondi (jefe del equipo sanitario de Bolzaneto calificado por las víctimas como «el seviziatore»), quien rompió de un golpe una costilla a un compañero zaragozano de manera directa e injustificada.
Durante su estancia en Bolzaneto recibieron palizas constantes, bofetadas, posturas forzadas durante horas (como la «posición de la rana» con las manos arriba) y cortes de pelo forzados. También se les sometió a tortura psicológica con amenazas de muerte, insultos de tinte fascista, privación del sueño y obligación de cantar himnos fascistas o ensalzar a Mussolini. Sufrieron humillaciones sexuales con desnudamientos integrales obligatorios, abusos verbales y amenazas de violación, especialmente dirigidos a las mujeres detenidas. Además, se les denegó ayuda médica: Se impidió el tratamiento a los heridos graves que venían de las cargas policiales de las calles de Génova. Incluso hubo personal médico que cooperó activamente con las fuerzas policiales para golpear, humillar y denegar auxilio en lugar de curar, como Giacomo Toccafondi (jefe del equipo sanitario de Bolzaneto calificado por las víctimas como «el seviziatore»), quien rompió de un golpe una costilla a un compañero zaragozano de manera directa e injustificada.

En 2017, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) condenó formalmente a Italia por las acciones en Bolzaneto, tipificándolas explícitamente como actos de tortura.
Técnicas y finalidades de la tortura en Génova 2001
Este texto desea prevenir de la eficacia de los sistemas globalizados de control, castigo y disciplinamiento y favorecer formas individuales y grupales de resistencia a la violencia política.

La tortura moderna encuentra su denominación de origen en los llamados estados “democráticos”, cuyos servicios policiales han profundizado en la investigación de técnicas que no dejen rastro para la persecución de la tortura. Estados como el italiano, o el español, extreman las precauciones, más aún si contamos con vinculaciones a organismos por la defensa de los derechos humanos, como es nuestro caso. Para conseguirlo, los torturadores son instruidos en la eficacia y adaptabilidad de los mecanismos de tortura estudiados y recopilados por la CIA desde los años cincuenta hasta hoy. Su objetivo es evitar marcas físicas, las consecuencias psicológicas forman parte de su estrategia. Se trata de ejercer lo que Israel, único estado “democrático” en el que la tortura ha sido una práctica legal hasta finales de los ochenta, llamaba «presión física moderada».

Esto no sólo permite negar la existencia de los malos tratos en las comisarías, también dificulta que la persona pueda superar el trauma de la tortura. La invisibilización de las huellas de la tortura provoca que no puedan reconocerse y comprenderse los daños vividos, que se subestime la agresión y sus efectos, incluso que podamos culpabilizarnos por haber sufrido “más de lo que debíamos” por el “tratamiento” policial recibido. Sin embargo, estas técnicas son más lesivas, producen un fuerte impacto psicológico y sus efectos son más profundos y duraderos.
Según el manual de la CIA, la forma y el momento del arresto deben de ser planificadas para lograr la sorpresa y el máximo impacto psicológico; la detención tiene que producirse cuando menos se espera para que la resistencia física y mental sea la menor posible.
Según el manual de la CIA, la forma y el momento del arresto deben de ser planificadas para lograr la sorpresa y el máximo impacto psicológico; la detención tiene que producirse cuando menos se espera para que la resistencia física y mental sea la menor posible. La madrugada es el momento más apropiado, tal y como sucedió con nuestro ingreso en el centro clandestino de internamiento para activistas de Bolzaneto. Tras el asalto policial a la escuela Díaz fuimos conducidos allí al amanecer, en coches patrulla y a toda velocidad, entre insultos y amenazas, obligándonos a mirar hacia abajo para impedir que averiguáramos nuestro destino. Más de un testimonio posterior coincide en el temor de que pudieran llegar a matarnos en medio del bosque.

Los investigadores de la CIA han comprobado que la amenaza y el miedo permiten debilitar y destruir la resistencia mucho mejor que ejerciendo la violencia física. La amenaza de infligir dolor puede ser más eficaz que el dolor mismo; aunque el manual policial advierte que, si el detenido se niega a cooperar bajo amenaza, esta debe cumplirse porque si no, posteriores intimidaciones resultarían inútiles.
Por otra parte, el dolor que una persona siente que se está infligiendo a sí misma puede acabar con su resistencia. Al exigirnos en Bolzaneto que mantuviéramos posiciones físicas incómodas se produce una lucha interior por miedo a recibir más golpes.
Por otra parte, el dolor que una persona siente que se está infligiendo a sí misma puede acabar con su resistencia. Al exigirnos en Bolzaneto que mantuviéramos posiciones físicas incómodas se produce una lucha interior por miedo a recibir más golpes. Al hallarnos la mayoría heridos tras la paliza de la Díaz, la causa directa de este nuevo dolor no era la policía, sino nosotros mismos. De este modo mantuvimos la postura que se nos ordenaba, incluso sin la presencia de policías a nuestras espaldas, como permanecer durante largos períodos de tiempo en pie con los brazos en alto frente a la pared.

Estas técnicas, que la CIA denomina «de estrés y coacción», pueden ser combinadas con la manipulación persistente del tiempo: servir las comidas en horas diferentes, romper los horarios de sueño y provocar desorientación con respecto a cuándo es de día o de noche. La CIA, que ha estudiado las técnicas empleadas por los nazis de la GESTAPO y la KGB soviética, recomienda no permitir que la persona arrestada se relaje con ninguna rutina y atacarla con privaciones y asaltos sensoriales para provocar estrés y rendir la personalidad. No son necesarias drogas, golpes ni electroshocks. Se puede inducir un estado de psicosis en el plazo de dos días y además no se dejan huellas aparentes.
No son necesarias drogas, golpes ni electroshocks. Se puede inducir un estado de psicosis en el plazo de dos días y además no se dejan huellas aparentes.
En Bolzaneto sufrimos desorientación sensorial, perdimos el sentido del tiempo, se nos privó de sueño, abrigo, higiene, colchonetas, mantas, agua y alimentos; pudimos escuchar gritos desde celdas contiguas y llegamos a observar a personas encapuchadas encerradas de forma aislada, como si todo se tratara de una esmerada puesta en escena para despertarnos terror. También soportamos por sorpresa registros nocturnos en una celda oscura frente a una luz intensa que se proyectaba directamente sobre nuestro cuerpo mientras nos fotografiaban; curiosamente al día siguiente seríamos conducidos a una nave adyacente pertrechada de instrumentos informáticos y de fotogrametria digital con los que se pudo registrar el iris de nuestros ojos.

Cabría pensar que se debe todo a la irracionalidad, al sadismo, a la impiedad o al desprecio ideológico de la policía por las personas detenidas; recuerdo aquellos insultos frecuentes que recibimos en Bolzaneto: “cerdos, comunistas bastardos…”. Esto podría hacernos ignorar los objetivos ocultos que persigue la represión política. “Nuestros” gobiernos necesitan disfrazar los fines de su represión para que tengamos menos posibilidades de defensa.
Conviene recordarlos brevemente:
Quebrar las redes de desobediencia a la globalización capitalista
Génova 2001 representa la oportunidad para los agentes neoliberales de romper el tejido social y de solidaridad global conseguido gracias a la autogestión de la protesta. Su represión política va pues dirigida a quebrar nuestras convicciones personales, contrarias al modelo político-económico en disputa, a romper nuestra unidad. Para lograr la individualización y la ruptura de la comunidad nunca se escatiman métodos; tanto vale la Guerra de Baja Intensidad (“…ganar el corazón y la mente de las gentes”), como la Guerra Sucia (violencia policial extrema en las calles, montajes y pruebas falsas como en la Díaz, torturas…).

Marcar y controlar al enemigo interno, real o potencial
Los grupos o personas que cuestionan de cualquier modo los intereses del “Sistema”, o los sospechosos de hacerlo, se marcan públicamente de forma despectiva, a través de una intensa campaña de propaganda mediática, como subversivos, violentos, delincuentes, terroristas, enemigos de la patria y de la democracia… Se trata de justificar la represión sobre nosotros y de culpabilizarnos, al tiempo que se lanza el mensaje de: “al que no se mueva no le pasará nada”.

Intimidar a la población
La represión afecta y se dirige también contra las familias, grupos y comunidades de quienes sufrimos detenciones, torturas o asesinatos. Se trata de intimidarnos, de que todo nuestro entorno sepa lo que puede pasarles también a ellos si siguen nuestros mismos pasos. Forma parte de una estrategia de control político, de intimidación y disuasión de la población a través de la extensión social del miedo y la desconfianza.
Implantar la impunidad
Es decir, imponer la certeza de que nada ni nadie podrá variar el rumbo de los acontecimientos, en este caso la instauración de la globalización capitalista, y que nada ni nadie pedirá cuentas por toda la violencia practicada para conseguirlo. Se trata de producir el convencimiento social de que existe y se ejerce un poder y control total, que no podemos más que adaptarnos y colaborar, se trata de eliminar la confianza en nuestro propio poder.
Para ello se diluyen la responsabilidades en los delitos y violaciones: nadie en la cadena de mando se hace responsable, porque obedecen órdenes o por cualquier otro pretexto. Además se construye un ambiente social que justifique sus violencias como medidas anormales pero necesarias para restablecer “el orden y la paz”.
Modelar a la población
Los Estados, o mejor ahora los Mercados, necesitan transformar a la población en masa domesticada, sierva, colaboradora. No basta para estabilizar la dominación con “quitarse de en medio” a la disidencia, forzando la renuncia y el arrepentimiento con torturas, se precisa que los viejos sistemas verticales de control se horizontalicen para que sea la propia ciudadanía quien se transforme en cómplice y víctima a la vez.
Génova 2001 fue y debe seguir siendo mucho más que terror y sufrimiento. Más allá del recuerdo que quiere y puede paralizarnos, hoy, en el 25 aniversario de las protestas de Génova 2001, es ya un ejemplo de perseverancia y de dignidad para la historia de la defensa de los derechos humanos.
Por último, animamos a continuar investigando sus métodos y estrategias de represión, a compartir cada experiencia de represión vivida, a promover grupos de ayuda mutua y extender nuestra solidaridad. No sólo cuidamos así a quienes sobrevivimos a la represión, también ayudamos a preservar ideas firmes y, en consecuencia, garantizamos la existencia de nuevas luchas emancipatorias; es necesario afirmar colectivamente otra realidad. Génova 2001 fue y debe seguir siendo mucho más que terror y sufrimiento. Más allá del recuerdo que quiere y puede paralizarnos, hoy, en el 25 aniversario de las protestas de Génova 2001, es ya un ejemplo de perseverancia y de dignidad para la historia de la defensa de los derechos humanos.

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