Desde los colectivos antimilitaristas y pacifistas de base y horizontales hemos afirmado en muchas ocasiones la indisociable relación que existe entre el gasto militar y el gasto social, una curiosa relación que implica que el crecimiento del primero lo es en detrimento del segundo y en apoyo funcional al principal propósito del orden de “paz fría” vigente: perpetuar la dominación-violencia.
En el contexto de rearme que caracteriza las políticas securitarias y militaristas del gobierno en los últimos aproximadamente ocho años de gobierno progresista, y más acusadamente en su segundo mandato, hemos denunciado que el rearme impactará directamente en las pensiones, en las demás políticas y en la trampa de la deuda pública.
Una cierta izquierda que por simplificar – y que se me perdone la simpleza- llamaré socialdemócrata o, si se quiere -y acogiendo el enfoque de Carlos Taibo- progre, viene diciendo últimamente -puede verse como ejemplo ilustrativo el debate de Eduardo Garzón y Fernando Berlín colgado en la red- que este planteamiento no es riguroso y que en realidad, si se quiere, puede aumentarse el gasto militar y los gastos sociales, dado que un estado soberano puede emitir dinero de forma ilimitada y que afirmar lo contrario es hacerle el juego a la derecha, que -esta sí- lleva en su recetario hacer esta doble jugada.
Algunos amigos me han preguntado sobre el rigor de tal argumentario, y aunque les he respondido que lo dicho es una soberana gilipollez y que no hagan caso -y pido perdón por el calificativo- me ha parecido oportuno hacer una explicación un tanto más pedagógico al respecto.
Keynesianismo militar(ista) y teorías críticas del gasto de defensa.
Comenzaré, no obstante, por explicar por qué, frente al keynesianismo militar que predica la inocuidad -no confundir con iniquidad- del gasto militar respecto de las necesidades sociales alternativas, este, y su aumento o retroceso, tiene una relación directa y proporcional con las políticas sociales y, por extensión, con los recortes.
Empecemos por significar que las teorías liberales y keynesianas que apuestan por el gasto militar afirman que éste tiene un efecto contracíclico de inyección económica e incentivación del empleo y la investigación, estimulando de rebote sectores auxiliares y tirando del resto de la economía.
Los más estrafalariamente radicales partidarios del ultraliberalismo no esconden los pingues beneficios que provocan en determinados intereses corporativos y afirman que la seguridad, a la que supuestamente refuerza el gasto militar (digo supuestamente porque, a la luz de lo que vemos, precisamente seguridad, o al menos seguridad para las mayorías del planeta o, si se quiere, para los más golpeados por el reparto de la tarta mundial, es lo que más se está erosionando a pesar del aumento del gasto militar) es un bien publico esencial y la madre de todos los bienes, la razón que justifica y legitima a los estados (en esto tienen razón si se refieren a las “democracias reales” que padecemos).
Afirman que, así las cosas, es necesario invertir en defensa porque vivimos en un mundo maleado y no en el mundo de yupi, y que quienes pensamos lo contrario y afirmamos que ni vivimos en el mejor de los mundos posibles, ni tan siquiera en el menos malo, vamos por la vida montados en un unicornio blanco y que, si no fuera porque el Leviatán del estado amenaza con el palo y la zanahoria, ya haría tiempo que nos habría engullido el caos y la máxima inseguridad imaginable.
Aunque hago una lectura un tanto caricaturesca de su argumentario, lo cierto es que el argumentario forma parte de la propia prédica progre, solo que con el matiz de que, dado que son lo que en Galicia se llamaría unos meapoquitos, prefieren dosificar la receta y darnos el purgativo a cuentagotas.
El argumento se puede embellecer si, como me parece que ocurre con Garzón y Berlín, la dosis de militarismo asumida por nuestro gobierno les incomoda y, dado que los partidos progres son sus administradores, proponen edulcorarla justificando que en realidad, y por razones técnicas que exigen explicaciones cuando menos muy alambicadas, se puede sostener a la vez gasto militar expansivo y gasto social expansivo como si tal cosa, porque al fin y al cabo, dado que el dinero es una mera abstracción y una convención virtual, el estado soberano lo puede multiplicar a cascoporro sin que pase nada, lo que, a la larga, equivale a asumir que no hay relación causal entre el aumento del gasto militar y el detrimento de las condiciones sociales.
La literatura científica (si es que podemos llamar científica a la literatura o a la economía) cuenta con innumerables estudios que demuestran empíricamente todo lo contario: que el gasto militar ejerce un efecto de desplazamiento (lo llaman Crowding-Out, porque se supone el inglés siempre ofrece un evidente pedigrí mistérico) sobre el gasto social, traduciéndose a medio plazo “siempre” y de forma ineludible en recortes y erosión de bienes sociales.
La literatura científica cuenta con innumerables estudios que demuestran empíricamente todo lo contario: que el gasto militar ejerce un efecto de desplazamiento sobre el gasto social, traduciéndose a medio plazo “siempre” y de forma ineludible en recortes y erosión de bienes sociales.
El repaso a los distintos ciclos de rearme, si se toman ustedes la molestia de verificarlo, así lo demuestra, pero que haya pasado algo una y mil veces no es por sí una causalidad, sino una coincidencia, de modo que para afirmar la relación inexorable deberíamos explicarnos los mecanismos de causalidad. ¿Los tenemos?
Wassily Leontief -fue premio nobel en economía- aplicó las tablas imput-ouput de su invención al gasto militar, demostrando cuantitativamente cómo, y por qué, si un estado eleva la demanda final en el sector defensa mediante un presupuesto militar creciente, la matriz económica global reacciona absorbiendo y detrayendo insumos de los sectores civiles y generando un elevadísimo coste de oportunidad.
Junto con Hoffenberg aplicó las susodichas tablas al rearme americano de los años 60 del siglo XX. Proyectaron qué pasaría si se recortase el presupuesto americano de entonces en un 20% para transferirlo a sectores civiles y sociales, demostrando empíricamente cómo ese trasvase aumentaría drásticamente el empleo en el sector civil y la eficiencia del bienestar genera.
Más tarde, el propio Leontief, junto con Duchin, en los años 80 del mismo siglo XX, por encargo de la ONU realizaron otro trabajo similar para simular una paulatina reducción mundial del gasto militar evidenciando el impacto positivo que implicaría en el crecimiento general, la reducción de la inflación y el crecimiento del PIB en las regiones del sur global.
Autores como Saadet Deger y Ron Smith más recientemente demuestran que el aumento del gasto militar cuenta con efectos secundarios en lo social y destruye a medio y largo plazo el “crecimiento” (por otra parte, el gran mito libidinal y moral del capitalismo), reduciendo el ahorro nacional, detrayendo capital físico y humano, debilitando la estructura productiva y mermando la base fiscal futura de los estados, lo que obliga a medio plazo a recortes y endeudamiento.
…el aumento del gasto militar cuenta con efectos secundarios en lo social y destruye a medio y largo plazo el “crecimiento” (por otra parte, el gran mito libidinal y moral del capitalismo), reduciendo el ahorro nacional, detrayendo capital físico y humano, debilitando la estructura productiva y mermando la base fiscal futura de los estados, lo que obliga a medio plazo a recortes y endeudamiento.
Fíjense en la concatenación de males “estructurales” que provoca el énfasis en el keynesianismo militar predicado por los partidarios de la locomotora del gasto militar. Una concatenación que explica, de una manera que necesariamente he simplificado, por qué gasto militar y erosión social es como la pescadilla que se muerde la cola, o como el uroboros parte del mismo problema, un ciclo de retroalimentación negativa y de autodestrucción sistémica de la seguridad entendida como seguridad humana y ecosocial.
Michael Brzoska y el SIPRI ahondan en el dilema del coste de oportunidad, un argumento bastante conocido que no necesito explicar y demuestran la esterilidad del gasto militar y su impacto cualitativo y cuantitativo en las necesidades sociales insatisfechas. En el mismo sentido, nuestro añorado Arcadi Oliveres también profundizó en esta tesis que, actualmente, y al margen de nuestras discrepancias en la cuantificación del gasto militar español, profundiza el Centre Delàs o yo mismo en nuestros análisis.
Seymour Melman y su argumento del capital no investible, Thomas Elveren o el propio FMI demuestran la conexión estructural del gasto militar y el condicionamiento del desarrollo del menor gasto militar.
No me gusta mucho utilizar el argumento de autoridad, máxime cuando gran parte de estos autores se mueven en una órbita puramente ortodoxa (aunque crítica) de los principales mitos (crecimiento, producción, etc.) del capitalismo, pero estos señores no son unos pintamonas, como un servidor, y sus conclusiones no son una mera opinión de quita y pon.
Aunque no me detendré mucho en ello, de forma aproximada el mapa conceptual que propone Leontief para explicar las relaciones causales-estructurales, por decirlo de alguna manera, entre el gasto militar y los recortes finales respondería a este esquema que he fabricado

Recapitulando, tres son los mecanismos macroeconómicos principales por los que el aumento de gasto militar (y el propio gasto militar en sí) repercute negativamente en lo socia
El canal fiscal del coste de oportunidad, dado que por mucho que hagamos trampas al solitario con los presupuestos, la disponibilidad presupuestaria del Estado responde a un criterio de caja única, y si financio con un mayor pellizco del PIB y del presupuesto (en el caso español y según mis estimaciones, sumando la deuda ya andamos en torno al 5% del PIB, lo que equivale a más del 20% del presupuesto estatal) lo que me queda para el resto de partidas es menor a lo que me quedaría si destinara menos, dado que se produce una especie de ley de la exclusión mutua asegurada.
El cauce de deuda e inflación: dado que el rearme se financia habitualmente con deuda y flexibilización fiscal, inyectar masivamente inversiones y dinero público al sector militar -un sector no reproductivo genera inflación por el lado de la demanda y provoca escasez/desplazamiento de recursos técnicos tales como ingenieros, investigación civil, materias primas, etc. Si la inflación no actúa como un recorte encubierto del poder adquisitivo de salarios y pensiones, que venga dios y lo vea.
La trampa keynesiana: el propio FMI, que no creo yo que tenga nada de alternativo ni antimilitarista, cuenta con estudios que cuantifican el déficit fiscal que provocan tres años sostenidos de rearme en un déficit fiscal de más de 2,6 puntos y una escalada de la deuda pública de al menos 7 puntos porcentuales (incluso contamos con estudios de la AIREF que cuantifican el impacto negativo del rearme en España y, en base a los datos oficiales, muy por debajo de los reales, indica el ajuste fiscal y el recetario de recortes que provocará.
Podríamos hablar además de otros factores, como las puertas giratorias, el giro autoritario y securitario que, en general, provocan en nuestras políticas, la construcción de identidades reactivas basadas en el miedo, y un largo etcétera que aderezan la ensalada -también mental- de estas izquierdas entregadas al militarismo y sin agenda ni aspiraciones reales de desmilitarización, pero lo dejo para otro momento, para no hacer excesivamente largo este texto.
Argumento falaz
El argumento de Berlín y Garzón -aunque reconozco que no es exactamente el mismo y supongo que ambos están en contra de los recortes y del propio gasto militar- comparten la idea de que si hay recortes no es porque exista una concatenación como la que he intentado explicar arriba, sino porque la intencionalidad de los políticos de derechas (o incluso de una izquierda palidecida) en aplicar recortes usa de excusa el gasto militar para justificarse ante la población en general, y que un gobierno soberano y progresista puede aumentar el gasto militar y social a la vez, sin que ello implique recortes necesariamente, porque los mecanismos técnicos a su disposición lo permiten.
El argumento de fondo se construye, desde mi punto de vista, sobre una verdadera falacia, mejor dicho, sobre tres consecutivas. Una falacia de oportunidad, que llamaremos la falacia del bolsillo mágico, una falacia de la falsa equivalencia, que llamaré la falacia del rey Midas, y una falacia de simplificación, que llamaré falacia de míster Wonderful.
Tres falacias para cimentar un sofisma a mi entender destinado a exculpar la manifiesta implicación de las izquierdas progres de nuestras dos últimas legislaturas en la construcción, me da igual si lo hacen por convicción o por resignado conformismo, del nuevo constructo militarista y servil a los impulsos geopolíticos del capitalismo occidental.
Tres falacias para cimentar un sofisma a mi entender destinado a exculpar la manifiesta implicación de las izquierdas progres de nuestras dos últimas legislaturas en la construcción, me da igual si lo hacen por convicción o por resignado conformismo, del nuevo constructo militarista y servil a los impulsos geopolíticos del capitalismo occidental.
La falacia del bolsillo mágico tiene que ver con la idea de mi hijo menor, Martin, cuando era pequeño. Según él, yo tenía un bolsillo mágico en el pantalón de donde, siempre que se metía la mano, se sacaba dinero para comprar cualquier cosa, desde la comida de la casa hasta las chuches que se le antojaran (aunque por comprarle demasiadas acabé teniendo que llevarle a que le esmaltaran los dientes y le quitaran las caries).
Conforme a esta falacia elegir el rearme ni altera ni perjudica la posibilidad de elegir a la vez el gasto social o incluso de aumentarlo si nos diera -dios no lo quiera, por favor- la santísima gana.
La realidad es que, aunque el estado tiene la posibilidad de imprimir (y ahora anotar digitalmente) todo el dinero que quiera en el presupuesto, en la cruda realidad los recursos reales y tangibles son finitos y excluyentes y no ilimitados, de modo que si los recursos (tanto económicos como físicos, industriales, etc.) se destinan a fabricar misiles o drones o incluso submarinos que no flotan, no se pueden destinar a la vez a pagar pensiones, construir hospitales o prevenir la pobreza.
No, queridos, no hay un bolsillo mágico. Toda elección de gasto implica por definición elección y renuncia. Bien que lo sabía Churchill: cañones o mantequilla, teta de vaca o leche, gasto militar o gasto social. El coste de oportunidad, una muy sólida y robusta teoría económica es como una prueba del algodón y por mucha palabrería que utilicemos, lo cierto es que los gobiernos progres, cuando eligen gasto militar y lo incrementan de manera desmesurada están eligiendo en contra del gasto social y mostrando su complicidad con los designios de los que a toque de corneta, y a pesar de la escenificación de Sánchez y sus palmeros, nos encuadraron en las filas del rearme y de la geopolítica de preparación de la guerra que no hemos votado.
No, queridos, no hay un bolsillo mágico. Toda elección de gasto implica por definición elección y renuncia. Bien que lo sabía Churchill: cañones o mantequilla, teta de vaca o leche, gasto militar o gasto social.
La falacia del rey Midas hace relación a la falsa idea de que uno puede ir tocando por ahí cuanto quiera y convertirlo en oro. Recordemos que el Rey Midas, en su obcecación, acabó muriendo de hambre por no tener que llevarse a la boca.
Por mucho que las reglas fiscales de la UE nos permitan jugar a que cuanto tocamos con el dedo mágico se convertirá en dinero contable o presupuestario para usar a mansalva en aumentar simultáneamente gasto militar y gasto social, ese dinero de papel no dará para comer, ni para construir a la vez cañones y comprar mantequilla. El oro militar se traduce en hambre social, porque aquí, como en el juego del Monopoly, al que al parecer son muy aficionados estrategas y partidarios del juego de tronos como ratio política, tener muchos billetes de múltiples colores no permitirá comprar más casitas una vez están todas sobre el tablero, queridos.
Confundir flujo monetario infinito con capacidad de utilizar recursos físicos finitos es, en este caso, una segunda falacia destinada a despistarnos.
En cuanto a la tercera falacia, la que he denominado de Mister Wonderful, predicaría algo así como que si el gobierno (progresista) lo desea con suficiente fuerza en su corazón -suponemos que damos por buena su bondad infinita- los efectos perversos del gasto militar desaparecerán, ignorando lo que constituye en realidad el mercado capitalista y sus reglas, incluso las reglas fiscales y el contexto de la UE con las directrices de rearme asociado a recortes que ya reconocen desde primeros ministros de Alemania, Francia, Reino Unido u otras potencias europeas, por no hablar del dueño del cortijo y del ideario de la nueva política que nos arrollan.
Tres falacias para encubrir bajo una enmarañada cortina de humo que la opción del rearme implica consecuencias fiscales, económicas y sociales innegables que ya estamos viendo y que cuando el gobierno más progresista de la historia aplica el recetario del rearme, emite deuda, general créditos plurianuales, renegocia deuda, aplica créditos a interés cero para la industria militar, autoriza la venta masiva de armas, promueve la injerencia militar en los 18 escenarios en los que actualmente estamos o los que nos obliguen a estar a toque de corneta, desplaza la investigación hacia el sector de la defensa, promueve la creación del oligopolio industrial-militar y lo famosos Hubs de defensa, compran ama a mansalva, aprueban o autorizan créditos militares en los consejos de ministros, convenian con universidades y empresas para embadurnar la cadena de complicidades del negocio para unos pocos, intoxican a los trabajadores haciéndoles creer que pedir carga de trabajo para el militarismo es positivo para la clase trabajadora y utilizan sus medios de propaganda y disfraz comunicativo de todo ello, cuando durante ocho puñeteros años se emplea en cuerpo y alma en todo esto, provoca nuestro desastre social y moral.
La manta no da para más, si la estiramos por la cabeza del gasto militar dejamos los pies de las necesidades sociales a la intemperie.
No confundir el culo con las témporas
Amigos, no es que la derecha que es perversa aproveche una retórica a favor el gasto militar para recortar, pero, sin embargo, si lo hace la izquierda conviene no protestar porque la intención seráfica del gobierno progre sea buena y no debemos darle palos, que ya suficientes lleva el pobre. Ni tampoco que no sea correcto afirmar que gasto militar implica per se erosión social.
Mas bien es esta una ocasión para introducir en las agendas “de izquierdas” apuestas por otra paz, por otra defensa y por políticas de desmilitarización y transarme que nos permitan salir del bucle y, de paso, ganar un mínimo de decoro.
Tampoco pasa nada por reconocer las incoherencias y debilidades propias y por imaginar maneras diferentes de actuar de cara al futuro.
Conviene, también en nuestros argumentarios, no jugar al despiste, no aplicar el cinismo (del malo, no de la filosofía de tal nombre) a la política y, sobre todo, no confundir el culo con las témporas.
El culo tiene misiones nobles que no podemos dejar de reconocer, pero entre ellas no está la de pensar con él. Para eso son mejores las témporas (de tempora, plural y latín, sienes).
